Un impertérrito agente de la CIA, y un estirado podólogo de vida sedentaria. Una boda con la que unirlos como consuegros. Una misión importante que se cruza en el enlace, y agentes del FBI persiguiendo a los antagónicos protagonistas.
Con esto tenemos los elementos, la disposición argumental. Todo lo que hace intuir cuales son las posibilidades y cuanto el material para sembrar la confusión. La doble identidad del personaje interpretado por Michael Douglas, en su riesgo al límite, debe provocar un intenso choque con la aburrida armonía del de Albert Brooks. Y con escenarios como los del encuentro entre familias, el convite como climax, y de por medio todos aquellos que surjan para acomodar el terreno a las malinterpretaciones, el componente hilarante debe surgir por si sólo. Porque ahí los grandes riesgos con que cebarse en quien ha vivido tradicionalmente en plácido aburrimiento -al estilo de Billy Crystal en sus terapias peligrosas- son pasto para gags de todo tipo. No lograr su rendimiento, supone una abierta declaración de incompetencia, una ineptitud para sacarle partido a las escenas más facilonas que, lamentablemente, se bordea (y algo más) a lo largo de todo el periplo.
Andrew Fleming como director, se tambalea a la hora de dar lo que pide la situación, cuando llega el momento de explotar las muy distintas situaciones servidas, no capta la irrelevancia de lo conseguido. El guión movido, que busca vez tras vez una nueva oportunidad, lo que consigue es ser demasiadas veces el vehículo del desperdicio. Por ello nunca pasa de la sonrisa, llega incluso a dar lástima con gags de pretendida comicidad y agilidad en diálogo, que contra vocación acaban por revelar una seria carestía de recursos. Así se pierde la credibilidad sin la excusa del humor absurdo, y la vergüenza sin la de los resultados.
Quizá confiaban en el desarrollo de la idea que podrían darle sus protagonistas, en una capacidad mágica para convertir en gracioso lo simple y en pieza central lo insulso por boca de caras conocidas, pero poco a poco se va destapando que las buenas esperanzas y las diversas tentativas van cayendo una tras otra, para dejar por los suelos una nueva idea cocinada desde el departamento de cuentas. Ahí se impuso la opción de otro remake de algo ya vendido (en el año 1979) cuyo resultado es mucho más que discreto, el fruto de una evidente desgana que camina a trompicones hacia el trámite del minuto 90, con el consuelo de ahorrar en energías para la dedicación al trailer y al rotulito de la super-estrella con los que recuperar fondos vía marketing. Al fin y al cabo la contabilidad no suele ser graciosa.