Obra maestra de una sensibilidad arrebatadora
El Nuevo Mundo arranca con unos títulos de crédito que combinan mapas y otros dibujos del siglo XVII con imágenes y sonidos de la realidad fílmica. Con ello, Terrence Malick parece querer introducirnos paulatinamente en el universo en el que se va a desarrollar su cuarta película, y también mostrarnos que su intención es similar a la de aquellas ilustraciones sencillas, evocadoras, y fieles en espíritu al mundo que pretendían reflejar.
Un mundo en el que, como es habitual en el guionista y director de Malas Tierras (1974), Días del Cielo (1978) y La Delgada Línea Roja (1998), no caben la psicología ni la sociología, sino el retrato de sensaciones y sentimientos en toda su pureza; y en el que la ubicación histórica no es más que el decorado para un discurso panteísta e intemporal. El título de la cinta hace referencia a la Norteamérica de 1706, donde llegan los primeros colonos procedentes de Inglaterra. Entre ellos John Smith (Colin Farrell), que a pesar de ser considerado un revoltoso por sus superiores –o quizás precisamente por eso- entabla de inmediato buenas relaciones con los indígenas que pueblan la primitiva Virgina, y sobre todo con la bella princesa Pocahontas (Q’Orianka Kilcher).
Que en El Nuevo Mundo pueden hallarse motivos de reflexión en torno a los choques de civilizaciones es evidente. Que ofrece una imagen novedosa y verosímil del nacimiento de los Estados Unidos, también. Sin embargo, el auténtico valor de esta, hay que decirlo ya, obra maestra absoluta, reside en su capacidad para visualizar los miedos, los anhelos, las contradicciones más profundas del ser humano, y convertirlos en el hilo conductor de la historia y de la Historia. A través de una cámara fluida, unos diálogos breves y la voz en off, un montaje brusco y elíptico que presta mucha fluidez a la cinta y al que no deben ser ajenos los cortes que ha sufrido el metraje, y un ojo único para la creación de contrastes, paradojas y atmósferas, Malick subraya la importancia del amor, el presente y el contacto con lo esencial, frente a los corsés impuestos por los contratos sociales y las estructuras de la civilización.
Puede estarse o no de acuerdo con las tesis planteadas, pero resultan muy convincentes gracias a la extraordinaria belleza de esta película, en la que el preciosismo de la fotografía, la música y las localizaciones no es por lo general gratuito: responde a las emociones que florecen en los personajes cuando se abren a lo desconocido, al otro, a la naturaleza de la que forman parte aunque lo hayan olvidado.
Quedan para el recuerdo dos romances sucesivos plasmados con una sensibilidad arrebatadora. Tan solo esas secuencias bastarían para hacer de El Nuevo Mundo la mejor producción estrenada en lo que va… en mucho tiempo, vaya. Aunque si al lector no le han convencido las parrafadas anteriores, concluiremos señalando que la calidad de la película es tanta que incluso Colin Farrell está espléndido.