En esta "road movie" sentimental que adapta el mito de Orfeo y Eurídice, lo verdaderamente destacado es el viaje en sí, más que el destino al que se pretende llegar.
Los hermanos Kaurismaki empezaron a cultivar su afición por el cine allá por los años 70. Aki y Mika, que con apariencia de personajes de dibujos animados japoneses son los nombres de estos cineastas finlandeses, empezaron trabajando de forma que Aki firmaba los guiones de las primeras películas de Mika en los años 80. Más tarde, la proyección internacional que obtuvo Aki Kaurismaki con su peculiar visión europeísta marcó la diferencia entre ambos, siendo éste recibido por la crítica de una manera muy especial y obteniendo galardones en diferentes festivales. Su hermano Mika, autor del estreno que nos ocupa, ha sufrido una menor atención por parte de los cinéfilos más especializados, y en Honey Baby se ha revelado como mero observador de la realidad, calificándose a sí mismo como "cineasta antropólogo".
En esta "road movie" sentimental que adapta el mito de Orfeo y Eurídice, lo verdaderamente destacado es el viaje en sí, más que el destino al que se pretende llegar. La producción explora un intenso recorrido en el que se nos brinda la ocasión de conocer una muestra de los personajes más variopintos -con el escenario del circo-, inundándose la escena de un tono onírico, a la que se une el encuentro fortuito entre un cantante en horas bajas (Henry Thomas, el ya crecidito Elliot de E.T.) y una misteriosa chica (Irina Björklund) que huye de un matrimonio de conveniencia con un hombre mayor (Elmut Berger, inolvidable en algunas obras de Visconti). Con esta sola excusa recorrerán una larga travesía desde Alemanía hasta la gélida Rusia.
Centrada en unos personajes atormentados, lo hace desde la distancia, dando a las localizaciones la relevancia que se merecen, modificándose éstas a la misma velocidad que la pareja protagonista. Sin derroches, la cinta mantiene el pulso firme y logra su empeño a través de una crónica amarga, eso sí, sin ser excesivamente cargante en su amargura, que aborda el duro enfrentamiento con el pasado. Esta interesante peripecia queda retratada con cierto encanto, aunque ciertamente el resultado no llegue a alcanzar el promedio deseado. La base de la narración discurre de forma apacible, en parte por las canciones que la amenizan -escritas por Henry Thomas-, definiendo así el estilo de Mika Kaurismaki, emocional pero en la lejanía.