Una película que impacta a nuestras retinas tanto como nos desconecta de las pasiones de sus protagonistas.
A la hora de afrontar una nueva adaptación de un texto clásico suele haber quien se conforma con el academicismo, mientras que otros visionarios deciden salirse del camino y transitar rutas menos cómodas, pero que al menos ofrecen un plus de novedad y sorpresa. En el caso que nos ocupa, la Ana Karenina de León Tolstói, bastaba con fijarse en las numerosas traslaciones que se habían hecho a la pantalla grande de la mano de diversos realizadores –Edmund Goulding y John Gilbert en 1927, Clarence Brown en 1935, Julien Duvivier en 1948, Bernard Rose en 1997, sin no contar diversas visiones televisivas– para repetir los aciertos de aquellas y tratar de evitar sus defectos.
Pero Joe Wright es una mente inquieta, y ha decidido arriesgar en su particular visión de la conocida obra literaria. El director teatraliza los espacios donde se mueven los personajes de este intenso drama, convirtiendo sus movimientos en parte de una representación sobre un escenario. Los decorados mutan cuando menos te lo esperas, y un leve movimiento de los actores, acompañado de una serie de complejos cambios en el entorno donde se hallan, los traslada –por poner un ejemplo– del interior de una casa a un paisaje nevado sin apenas solución de continuidad.
Dejando aparte las virguerías visuales que se consiguen gracias a una decisión artística de este calibre –acompañada del repetido uso de trabajados planos secuencia y otros recursos estéticos bastante impactantes–, es obvio que además se pone de manifiesto una metáfora que nos indica que la sociedad rusa del siglo XIX donde se desarrolla la acción es un simple escaparate para que los distintos implicados interpreten su mejor rol, ocultando a sus conciudadanos la podredumbre y la decadencia que en ocasiones subyace en el interior de las personas o los hogares. Como dijera William Shakespeare “el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores”.
Si bien el diseño de producción brilla con luz propia y sitúa a Wright como alguien a tener en cuenta en futuros trabajos –aunque ya había demostrado maña con Expiación o Hanna–, también es cierto que lo sobrecargado de ciertos pasajes denota un ego desmesurado por parte del firmante de la película, empeñado en sobresalir por encima del texto de Tom Stoppard, veterano en estas lides teatrales. En consecuencia, nos hallamos ante una película que impacta a nuestras retinas tanto como nos desconecta de las pasiones de sus protagonistas.
La frialdad que se nos llega desde la pantalla queda plasmada en Keira Knightley, musa del director, pero quien no ha resultado ser la mejor elección para encarnar al personaje principal. Tampoco Aaron Johnson da el tipo de rudo militar capaz de robar el corazón a Ana Karenina, ni existe química entre ellos, por mucho que algún que otro número de baile pretenda convencernos de ello. Así pues, por mucho que el vestuario, la puesta en escena, la música o la fotografía sumen puntos a favor de la cinta, no podemos evitar un peligroso distanciamiento respecto a las distintas tramas.
En resumidas cuentas, y pese a reconocer el mérito de su director por hacer algo distinto con un material literario de este calibre, no se puede negar que la afectación narrativa y el desapego emocional que nos invade desde el principio del filme resta puntos a una grandiosa puesta en escena que, no obstante, en ocasiones oscila entre lo excelso y lo ridículo.