Lo que hacen las expectativas: llega una película protagonizada por jóvenes matemáticos y nos echamos al temblar cuando acuden a nuestra memoria fotogramas aislados de las pavorosas y aún demasiado recientes La habitación de Fermat (Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña, 2007) o Los crímenes de Oxford (Álex de la Iglesia, 2008).
Sin embargo, nos dicen que estos matemáticos, bajo la tutela de uno de sus profesores, forman un equipo para desplumar a los más conocidos casinos de Las Vegas empleando una complicada técnica de recuento de cartas y probabilidades, y ya nos parece estar viendo de nuevo acertados y elegantes ejercicios de estilo y talento como los que conforman la saga inaugurada por el remake de Ocean’s Eleven (Steven Soderbergh, 2001), la efectiva Rounders (John Dahl, 1998) o, por qué no soñar, la magnífica Casino (Martin Scorsese, 1995). Eso sí, extrañaría ver tamaña excelencia surgir de las manos de un director, Robert Luketic, que hace un par de años nos ofrecía la aborrecible La madre del novio.
Finalmente, 21 Black Jack decide lanzarse de lleno y sin rubor a competir en la liga de las películas orientadas principalmente a los adolescentes hormonados. De ello dejan testimonio el estilo videoclipero del que se hace gala, las abundantes canciones enrolladas de moda que nos aturden prácticamente en cada minuto de la proyección –hay que vender la banda sonora como sea–, así como una historia bastante poco imaginativa donde se deja espacio suficiente para que se luzcan los jóvenes y apuestos actores que componen el equipo de jugadores.
Así pues, todo aquel espectador que supere los veintitantos años de edad y acuda con cierta regularidad a las salas de cine lo tiene difícil para sorprenderse en demasía con un argumento donde se esperan con cierto aburrimiento el ascenso y posterior caída del joven protagonista principal (Jim Sturgess), y donde el desarrollo de las partidas de cartas nos dejan bastante indiferentes, vista la velocidad a la que tienen lugar y lo poco que llegamos a implicarnos realmente en un juego que se mitifica en exceso (al fin y al cabo no deja de ser tan sencillo como las siete y media).
Si bien para el público que se tiene en mente en la producción probablemente serán detalles que darán igual, parece bastante claro que superar las dos horas de metraje en un producto de estas características supone tirarse al vacío sin red... y atado de pies y manos. Tampoco podría faltar un obvio giro argumental final, telegrafiado a la legua, pero aun así explicado con todo lujo de detalles por si algún espectador ha sucumbido al sopor y no se ha enterado. Y puestos a poner pegas, hasta el profesor interpretado por Kevin Spacey se acaba por atragantar tras unas cuantas intervenciones.
Quizá el único punto de interés extra que ofrece 21 Black Jack es ese personaje de Laurence Fishburne (un contrincante, por lo demás, excesivamente en la sombra) que se ve superado por las nuevas tecnologías y se enfrenta resignado al ocaso de su carrera. Casi todo lo restante son estereotipos, en este film demasiado encorsetado en sus propios objetivos para acabar creando algo reseñable.