Siete Almas pertenece a la categoría del drama superlativo, al cine que sólo en su mayor elaboración argumental y cuidado técnico elude la condición de producto de sobremesa.
Ben Thomas (Will Smith) es un enigmático personaje de gran corazón que tan pronto concede prórrogas fiscales a quienes a su juicio lo merecen, como se entrega al cuidado de los agonizantes desvalidos. El motivo principal de su causa radica en algún hecho de su pasado que el metraje va desvelando progresivamente, si bien es fácil preverlo desde el primer flashback, quedando como única incógnita hasta qué punto va a llevar su compromiso con su conciencia.
Con una carrera variada y repleta de éxitos, Smith ha terminado por convertirse en una garantía en la taquilla. Los amantes del cine más descerebrado lo idolatran por sus gestas marcianas, bien en Día de Independencia o luciendo traje negro. Pero si el registro se vuelve más serio, una legión importante de seguidores de su nombre se encontrará en la sala preguntándose cuándo va a empezar a repartir leña el Príncipe de Bel-Air. Cosas de la mercadotecnia.
Si bien esta utilidad industrial de las estrellas es vital para la venta de entradas, se ha convertido tradicionalmente en un límite capaz de encerrar al actor en el personaje, algo que en buena medida el actor afroamericano ha logrado con la misma facilidad con la que una vez se libró de su condición de estrella de la música para dar el salto a la interpretación. Con todo, no podemos sino compadecernos por todos aquellos seguidores equivocados que acaban confundidos en la sala abocados a un estreno cuya propia naturaleza es difícil incluso para los seguidores del cine más sesudo. Porque Siete Almas pertenece a la categoría del drama superlativo, al cine que sólo en su mayor elaboración argumental y cuidado técnico elude la condición de producto de sobremesa para arruinar las siestas del espectador desvalido.
El papel protagonista de la cinta, es el de un hombre torturado, muerto en vida, cuya obsesión es tan ajena a la escala de valores actual como la de centrar su búsqueda en la identificación de la bondad. Cada vez que la localiza, su vida parece algo más coherente, hasta que el desenlace, más que impactar con la sorpresa nos confirmará que aquello era una apuesta lacrimógena apta resumible en reflexiones tópicas de las que pueden escucharse en cualquier funeral que se precie.
La dirección de Gabriele Muccino es igual de eficaz para el propósito argumental de Siete Almas que para la previa Búsqueda de la felicidad, biopic también protagonizado por Will Smith. Un cierto equilibrio y una sensibilidad menos rudimentaria y chirriante que la de otros realizadores permiten que todas las penurias excesivas sean sólo responsabilidad de un argumento hecho para comernos la moral, obra de Grant Nieporte. Autor hasta la fecha televisivo, gracias a éste libreto ha escapado de su propio drama como guionista de episodios de productos como Sabrina, la bruja adolescente, motivo por el cual parece emplearse con saña con el público.
En todo caso, el subrayado de la agonía que aquí se nos propone podrá cumplir su objetivo para los inquietantes aficionados a un género hecho para asomarse al lado más oscuro de los sucesos, disfrazado para la ocasión de romanticismo atormentado. Un cambio de sala para dar con una apuesta más superficial y desacomplejada, probablemente permitiría a esa audiencia cambiar el prozac por sanadoras palomitas.