Desde muy pronto todos fuimos conscientes que este juego era algo especial, que más allá de derroches gráficos escondía un sabor distinto y al que costaba rendirse. Es probable que no vaya a ser el mayor record de ventas de los últimos años, pero si es una bocanada de aire fresco que a muchos seducirá de forma incomparable, dando aquello que otros grandes no pueden ofrecer.
Quizá resulte pretenciosa la comparación del videojuego con el arte, es este un género fundamentado en un tipo de entretenimiento tan reciente y tan asociado todavía a los más jóvenes, que hace algo temerario afirmar la equiparación. En el especial filmation se nombraban varias analogías entre cine y videojuegos, y posiblemente ahí podría encontrarse una vía para hacerse esta defensa: el cine lo es, quizá la cuestión no quede tan lejana.
Y es que es cierto que también habrán trasnochados críticos a la denominación de 'séptimo arte', y sin querer entrar en vacuas empresas como la de darle contenido al octavo, si es incuestionable a estas alturas que nos encontramos con obras a las que resulta complejo dar otro calificativo.
Ahondando en la cuestión cinéfila como vía, si los críticos del videojuego contemporáneo no dejan (a veces, dejamos) de mirar de refilón al pasado para encontrar arcades más puros y directos, es porque en la actualidad hay varias muestras de fusiones más o menos excesivas entre el cine y los juegos. Los espectáculos que se crean en la pantalla al amparo de las modernas tecnologías nos ofrecen películas interactivas que en ocasiones podrían considerarse una vía para que las características del cine ofrezcan un poco más a los que no se contentan con la faceta voyeur, y por ello quieren participar en la acción. Un buen ejemplo de esto sería el reciente Metal Gear, que en ocasiones incluso renuncia a este fundamento al tenernos en una actitud totalmente pasiva en que podemos dejar el mando y buscar un paquete de palomitas para acompañar la proyección.
El caso es que si hablamos de todo esto es para tratar de justificar una expresión que es la única que a uno le viene a la cabeza cuando tiene ICO entre sus manos, no ya en el momento de introducir el compacto y vislumbrar esos primeros atisbos de atípica grandeza, sino simplemente al observar esa elegante carátula que comienza a cumplir las promesas de personalidad que se han hecho en su nombre.
El juego
Erase que se era, un pequeño e inocente niño, que tras nacer dotado de una ominosa cornamenta, fue recluido en una prisión para jóvenes anómalos. Solucionado para su pueblo el incidente, el curso de acontecimientos y circunstancias le dieron al chico -y futurible héroe- la ocasión de escapar y demostrar sus cualidades...
Desde ese punto de 'inicio de fuga' muchos serán los obstáculos con los que nustro protagonista se enfrentará. Y aunque es cierto que la duración del juego con empeño no es excesiva, que el número de puzzles que lo conforman puede llegar a cumplirse con una cierta solvencia haciendo uso tan sólo de la dedicación que nos robará desde el primer pantallazo, también lo es que no se acaba sólo con el deseo y hay que tener algo de tenacidad.
Eso sí, no estaremos solos en la aventura. Acompañados de una princesa en esta fábula en movimiento, las cosas se van sucediendo en medio de un romanticismo medieval y fantástico donde nos sumergiremos de cabeza víctimas de tantos elementos de apoyo. Y es que los gráficos no es que sean de un realismo abrumador, de una ambientación maravillosa y de los que hacen época. Tienen esa magia especial que cala hondo más allá de lo impactante. Una de esas cosas que de los humildes programas de 8 bits, hicieron que algunos como la Abadía del Crímen se quedarán en una parte reservada de nuestra memoria pese a las carencias que hoy el hard ha superado. El sonido, por su parte, aboga por un minimalismo extremo que refuerza esa ambientación: Fx apropiados, pugnando con el silencio para hacerse un hueco que conseguido tendrá mucha más eficacia que una banda sonora permanente. Y luego está la jugabilidad, ese control intuitivo que ayudado por su adicción nos hará controlar perfectamente a nuestro sufrido ICO. Así, sin marcador alguno de vidas o energía (con pocos modos de perder la partida, tales como perder a nuestra princesa), sólo nos quedará deambular por este cuento en busca de un final que demanda a gritos -por el bien del sector- una segunda parte que haga aún más grande su nombre.
Larga vida a ICO.